Efervescencia del racismo
A cualquier persona que interrogáramos sobre el racismo nos señalaría, con casi total seguridad, hechos ejemplificadores del mismo como el practicado en los EE.UU. contra la población afroamericana, especialmente durante los años 50 y 60 del siglo XX. Se citaría del régimen de apartheid practicado en Sudáfrica por parte de la minoría blanca. Saldrían otros ejemplos históricos pero, casi todos ellos, con el denominador común de considerárseles superados, aunque reconociendo la existencia de un racismo latente que se muestra de forma puntual en diferentes expresiones de violencia.
Sin embargo, en los últimos tiempos sale a la luz un racismo practicado por centurias pero, permanentemente ocultado. Incluso a día de hoy sigue siendo invisibilizado en gran medida. Me refiero al sentido y practicado por importantes altos estratos políticos y económicos en el continente americano contra los pueblos indígenas y que tiene ahora su punto álgido y más visible en las actuaciones recientes de la oligarquía blanca boliviana contra la mayoritaria población indígena de ese país.
En este proceso insultos escandalosamente racistas incluso al presidente constitucional se han visto acompañados de una campaña de acciones cada día más agresivas y coercitivas contra los sectores indígenas, las cuales se concretan en los ataques, apaleamientos y atentados fascistas por parte de los grupos de choque (Unión Juvenil Cruceñista) de la oligarquía, escondida en instancias como el Comité Cívico, la Prefectura o la Cámara Agropecuaria. Por supuesto, la práctica totalidad de los medios de comunicación, también controlados por ese mismo sector, olvidaron cualquier atisbo de objetividad y se han convertido en un instrumento más de esas mismas campañas.
Pero la pregunta clarificadora es qué se esconde detrás de este racismo, ya no latente sino, una vez más, explícitamente ejercido, y del referéndum secesionista de Santa Cruz. El fin del ciclo neoliberal más ortodoxo del continente americano, que abocó a la miseria a más de la mitad de la población de Bolivia durante los últimos veinte años, no es aceptado por esas poderosas minorías. Y ahora los valores democráticos hipócritamente defendidos mientras controlaban el poder, se disuelven como un azucarillo en agua cuando, precisamente a través de los instrumentos de la defendida democracia representativa, los pueblos indígenas y otros sectores sociales les desalojaron del poder.
Como bien declara la Alianza Social Continental, aquellos que han convocado el referéndum son quienes se oponen sistemáticamente al programa democrático llevado adelante por el actual gobierno boliviano. Todo ello en la pretensión de mantener los privilegios disfrutados durante décadas. Tras el proceso que se ha llevado recientemente se ha alcanzado la definición de una nueva Constitución que proclama a Bolivia como un estado plurinacional y democrático, que defiende la soberanía, los recursos naturales y los derechos de los pueblos indígenas. Esto es lo que la oligarquía boliviana no acepta, pretendiendo desencadenar un conflicto que pueda hacer fracasar este proceso, les devuelva el poder político y económico perdido y de nuevo coloque a “la indiada” en el lugar que estuvieron los últimos quinientos años, en servidumbre de quienes todavía hoy se consideran raza superior.