REpresas y muerte de la amazonia en Bolivia: Cachuela Esperanza (xPablo Cingolani)

Cachuela Esperanza

 


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Pablo Cingolani
Historiador,
periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963.
Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987.
Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre
las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la
explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez
potosinos.
Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de
La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina,
Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina
Bolivia? y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas.
Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre
otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña
en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques
nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía.
Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos
sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de
?interés nacional? por el congreso boliviano.


Pablo Cingolani

Un
indio araona conocido como Ildefonso bautizó la mayor cachuela de
Bolivia. Es la que hoy se conoce como Cachuela Esperanza, situada en el
río Beni, entre el departamento del mismo nombre y su vecino Pando.
Idelfonso era el piloto fluvial del médico estadounidense Edwin Heath.
Este galeno ha sido elogiado hasta la desmesura y el general Pando no
tuvo empacho de bautizar al río que forma el límite arcifinio entre
Bolivia y Perú con su nombre. La razón es una sola: la navegación
efectuada por este gringo acompañado por el indio araona y un remero
abrió el curso del río Beni a la navegación comercial y el azote
genocida del caucho.

 

Fue en 1880: Heath demostró que el Beni era navegable aguas
debajo de la misión franciscana de Cavinas, donde nadie se aventuraba a
ir por temor a los "salvajes", y comprobó que el curso de agua se unía
con el Madre de Dios para confluir con el Mamoré y formar el Madera, el
mayor afluente del río más grande del mundo: el Amazonas. Estos
reconocimientos cambiaron la geografía boliviana para siempre y
abrieron la posibilidad de explotar el caucho a gran escala.

Nicolás Suárez Callaú, un cruceño que entonces tenía 29 años, fue el
primero en comprender los alcances de los hallazgos de Heath y no
perdió tiempo: se asentó frente a la cachuela misma y de allí no se
movió hasta haber forjado un imperio de riqueza fabulosa, amasada con
la sangre, el sudor y las lágrimas de miles de indios. Allí, en el
pueblo llamado también Cachuela Esperanza (Municipio de Guayaramerín,
departamento de Beni), frente a los rápidos del río, siguen los
edificios civiles y comerciales de la Casa Suárez, en su momento la
empresa cauchera más grande del mundo.

* * *

Idelfonso tenía fiebre y temía morir. La furia de la cachuela, ese
incesante bramar de las aguas, le daba más temor aún pero podían más su
lealtad y cariño por el yanqui. Sabía que sin si ayuda, el gringo no
hubiera podido llegar a ninguna parte y por eso, no sólo no flaqueaba
ni lo abandonaba, sino que en su delirio febril, el araona gritaba
"vámonos, adelantémonos". Con esa tenacidad, pasaron la cachuela y
durmieron esa noche en paz.

Al otro día, no tardaron en llegar a la boca del río Beni (donde
ahora se ubica Villa Bella) y Heath supo que habían logrado su
objetivo, completando la labor del Ingeniero José Agustín Palacios de
1846 cuando se convirtió en el primer boliviano que reconoció la
cachuela. Se lo dijo a Idelfonso. Éste, aliviado por el deber, le dijo:
"entonces vamos a llamar a la cachuela Esperanza porque ya hay
esperanza de que no moriremos".

Heath, en sus memorias, confiesa que pensó en bautizar la cachuela
con el nombre de Palacios, en homenaje al pionero, apoyado por
Ballivián, el presidente boliviano que más bregó por una salida al mar
para Bolivia por el océano Atlántico.

Pero se conmovió con el aborigen y le pareció más propio respetar su
propuesta. De ahí nació el hidrónimo. Y el nombre del pueblo que fundó
Suárez y cuya fama dio la vuelta al mundo y que hoy es una plácida
villa turística. También es el nombre de la mega represa hidroeléctrica
que está empeñado en construir el gobierno de Evo Morales.

Heath creyó no traicionar la memoria de Palacios al bautizar la
cachuela con otro nombre. Anotó que "todos los que lean la historia de
Bolivia sabrán lo mucho que ha hecho por su gobierno el señor
Palacios". ¡Qué ingenuo el gringo! Del valiente y patriótico Palacios
nadie se acuerda y hoy son pocos, demasiado pocos los que saben que si
el gobierno construye la represa toda esta historia -como la cachuela
misma- terminará no sólo enterrada en el olvido sino sumergida por las
aguas.

* * *

Todos los bolivianos deberían poder conocer esa belleza natural llamada Cachuela Esperanza.

El río Beni -que nace de los deshielos del cerro Huayna Potosí con
el nombre de Choqueyapu- posee en un kilómetro o más de ancho antes de
enfrentarse a esas piedras escalofriantes que forman unos rápidos
imposibles de franquear y cuyo bramar incesante, en verdad atemorizan a
cualquiera que oye y contempla la bravura y la ferocidad de la aguas.

Es magnético el panorama. Es la fuerza inspiradora de la naturaleza
y el sonido de la noche de los tiempos. Desde la playa de arena
enfrente de la cachuela, uno puede asistir a una vista aún más
electrizante: la cachuela semeja la ola de un tsunami, que por suerte
no avanza, sino que se está allí, eternamente elevándose y rugiendo.

Todos deberían poder conmoverse con esto que les cuento, sobre todo
porque si la anunciada hidroeléctrica se construye, toda esta belleza,
toda esta maravilla natural desaparecerá para siempre. Y de tanta
hermosura, sólo quedará un río atrapado por el murazo de concreto del
dique, esa imagen que tanto halaga a los desarrollistas.

La gente del pueblo de la cachuela no sabe nada de todo esto: les
han dicho que las turbinas de la represa serán sumergidas 25 metros
debajo del lecho del río y que ni se alterará del paisaje como tampoco
el pueblo -que si no es patrimonio histórico nacional, debería serlo.

Hace un par de años, los han llevado en delegación a Santo Antonio,
la última cachuela del Río Madera, hasta donde el siglo XIX llegaba
Bolivia pero que ahora se ubica en territorio brasileño, en el Estado
de Rondônia, muy cerca de su capital Porto Velho. Allí Lula está
haciendo una mega represa como la que Evo sueña hacer en Cachuela. Los
han llevado a escuchar cuentos contados por los brasileños cuando aún
los trabajos de construcción del dique principal, no habían comenzado.

Sería bueno que vayan ahora y vean cómo lloran (literalmente), vean
cuánto lloran los hombres y mujeres que nacieron, crecieron y vivieron
junto a la cachuela de Santo Antonio porque ésta no existe más. La
volaron, la destruyeron, la desaparecieron para instalar los cimientos
de la obra de contención del río. Hasta ahora no se ha escuchado a
nadie diciendo que ese será el primer precio a pagar por la
construcción de la hidroeléctrica de Cachuela Esperanza: la
desaparición de los rápidos y el traslado del pueblo.

Sería honesto que le cuenten a la gente, ante todo a la gente de
Cachuela y de otros pueblos ribereños del Beni pero también a todos los
bolivianos, que ya no tendremos más Cachuela Esperanza, ni su belleza
ni la memoria del genocidio de los años trágicos del caucho, ni nada
que nos alimente el alma: sólo quedará un murazo de cemento, frío y
altivo, demostrando que el hombre siempre puede dominar a la
naturaleza, siempre puede seguir negándola y destruyéndola, como hasta
ahora, que estamos en medio de un proceso acelerado de cambio climático
y al borde de una catástrofe ecológica global.

* * *

Pero, todo esto que escribo: ¿a quién le importa? Así estamos:
Brasil, el monstruo desarrollista sudamericano, necesita energía
eléctrica para seguir arrasando la selva, y plantar soya para producir
biocombustibles para que los yanquis no dependan tanto del petróleo de
Chávez y criar vacas para hacer las hamburguesas de Macdonals que tanto
les gusta, y nosotros también, ¿por qué no? ¿Porqué no podemos arrasar
nuestras selvas?, y por eso le meteremos nomás con la represa, aunque
no responda a los genuinos intereses de los pueblos amazónicos (que
siguen engañados con el cuento de las turbinas subacuáticas) y no se
inscriba en un verdadero plan de desarrollo nacional, si total los
brasileños nos darán un crédito y después nos comprarán la energía, ¿no
se dan cuenta que es un negocio redondo?

Seguro: para las trasnacionales que manejan el negocio energético y
para aquellos que quieren conquistar la selva, echar a los indios y los
campesinos de sus tierras, y volverla un territorio abierto al
capitalismo salvaje, seguro que es un negocio redondo. Como lo es hoy
Santo Antonio.

Por eso, vuelvan y vayan a ver cómo lloran los rondonenses. Vayan a
ver cómo se enferman más de infecciones que traen los bichos. Vayan a
ver cómo se han muerto millones de peces. Vayan a ver cómo están
acabando con la biodiversidad y la Madre Tierra y el Tata Río. Vayan a
ver cómo han sacado a la gente de sus casas, de sus terrenos, de los
lugares donde vivieron siempre.

Vayan a ver lo que sufre pero también lo que se indigna la gente.
Vayan, finalmente a ver cómo la gente lucha. Vayan a ver cómo se
enfrentan a los que quieren robarles el río de sus vidas, el río con
sus cachuelas que quisieron siempre, el río grande y poderoso que ellos
quieren que disfruten sus nietos.

"Ya hay esperanza de que no moriremos" -Idelfonso nos habla de desde
la historia. Ojalá que esa esperanza vuelva y se transforme en lucha. Y
por lo mismo: para no morir. Para que la Amazonía boliviana no muera,
para que sus pueblos no mueran. Estas obras gigantescas de
infraestructura lo único que logran es eso: matarlos de a poco,
expulsándolos, desarraigándolos, negándoles lo que son. Hombres y
mujeres de las selvas y de los ríos. Si tumban la selva, si atajan los
ríos: ¿qué será de ellos, que será de los indios y de los campesinos de
la Amazonía? Esta es una pregunta que debería ser respondida por todos.