Mario Iván Paredes Mallea
Existen una especie de reconocimientos post y anónimos, singulares de por sí por sus
formas de manifestarse. Y en Bolivia existe esta excepción. En todo lo que es el universo
latinoamericano y boliviano (tal vez mundial) de la creación científica e intelectual en el
horizonte de las ciencias sociales no se puede encontrar un ejemplo de aporte riquísimo a
las ciencias sociales como el realizado por Viris y la continuación sistematizada,
conceptualizada lógicamente, reflexionada científicamente y expuesta racionalmente por
Carlos Mier, pero que no es conocida, ni por tanto reconocida, por la generalidad de la
opinión pública, ni por los círculos intelectuales y científicos.
Vamos a mencionar un ejemplo para ilustrar nuestra hipótesis inicial. En el Artículo 338 de
la Nueva Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia se estipula que “El
Estado reconoce el valor económico del trabajo del hogar como fuente de riqueza y
deberá cuantificarse en las cuentas públicas”. Hasta donde podemos saber nuestra
Constitución es la única en Latinoamérica (y tal vez en el mundo) que determina esto.
Sin embargo, desde la década de los `80 del siglo pasado, Mier, en función y sobre la
base de la teoría económico política de Marx y Viris fue, sin duda, el único que
teóricamente sistematizó el criterio de que el trabajo en el hogar es una fuente de riqueza.
El argumento desarrollado por él es sencillo y contundente.
Si en una fábrica o en un taller en el ámbito citadino, o en el trabajo campesino en el área
rural, se crea valor mediante la intervención de la fuerza de trabajo ¿por qué no se va a
crear valor en los hogares mediante el trabajo de los hijos o hijas, de un “ama de casa” o
de una “trabajadora del hogar”, por ejemplo?
Si en un taller en la ciudad o en el trabajo campesino encontramos a los factores de
producción: fuerza de trabajo, materiales de trabajo y medios de trabajo para producir ¿no
los encontramos, también, en el hogar? (En el siguiente esquema, sistematizado por Mier,
encontramos los factores del proceso de trabajo):
En un taller, en el trabajo campesino, en el hogar encontramos transformación de los
objetos de trabajo. En el taller encontramos objetos de trabajo como por ejemplo: madera;
en el trabajo campesino encontramos leche; en el trabajo del hogar tenemos víveres (si se
tratara de cocinar).
De la madera se tendrá, por ejemplo, un producto: mesa; de la leche se obtendrá queso;
de los víveres comida.
El proceso del cual intervienen para llegar a ser los tres que mencionamos no será otro
más que el proceso de trabajo.
Los tres, en ese proceso de trabajo, se transforman, pero se transforman de una singular
manera: valorizándose. Es decir adquiriendo más valor del que inicialmente poseen. El
valor de los tres se podrá expresar en un determinado precio. Pero, algunos dirán: si el
resultado del trabajo en el hogar es comida ¡no tiene precio!
Se podrá responder: ¿qué diferencia existe entre cocinar en el hogar del cocinar en un
restaurante? ¿En que el uno es para venta y el otro directamente para consumo? Pero el
problema no es tanto éste, sino el hecho de que en ambos casos se han valorizado los
objetos de trabajo. Ambos tienen más valor del que inicialmente tenían ¿Y quién o qué es
lo que hace que los objetos de trabajo se valoricen? Pues, única y exclusivamente la
participación de la fuerza de trabajo en el proceso de trabajo.
¿Cuál será el destino de esos productos? De los dos primeros probablemente el mercado,
del último, posiblemente, sea directamente el consumo.
Pero de los tres, en definitiva, su destino será satisfacer determinadas necesidades
humanas. Y, al satisfacer determinadas necesidades humanas, los tres, se van
consumiendo; el primero en el lapso de algún tiempo, los dos últimos en el acto de
alimentarse.
Bien, en el último caso ¿quiénes son los poseedores de fuerza de trabajo para producir
comida? Los hijos y las hijas, las “amas de casa”, las “trabajadoras del hogar”, o, tal vez,
personas de sexo masculino; es decir, personas, seres humanos que poseen fuerza de
trabajo la cual ponen en acción durante el proceso de trabajo. En otras palabras: trabajan.
Entonces, si determinados seres humanos trabajan en los tres casos mencionados ¿por
qué no se reconoce el trabajo creador de valor en los tres casos?, ¿por qué se reconoce el
valor sólo en el trabajo que produce mesa y queso, y no en el caso del que produce
comida?, ¿acaso no es también trabajo?
Pues… es trabajo y, como tal, debe ser reconocido. Debe ser reconocido con todo lo que
ello implica. En el caso que se trata aquí, la Nueva Constitución Política del Estado
Plurinacional de Bolivia, como mencionamos párrafo arriba, reconoce el valor económico
del trabajo del hogar como fuente de riqueza y sugiere que se cuantifique en las cuentas
públicas.
Al menos para nosotros, esa mención en nuestra Nueva Constitución, es una especie de
reconocimiento al trabajo anónimo desarrollado por Mier. Pero, mucho más aún, es un
reconocimiento muy merecido a todos y todas quienes trabajan en el hogar, sin ser
tomados en cuenta casi para nada en los registros de la economía del país, ni mucho
menos en los registros de las historias económicas de todos los países.
Es un reconocimiento a los y las obreras del hogar, especialmente a esas maravillosas
obreras del hogar, que, con su trabajo, con su sacrificado y nada reconocido trabajo fueron
dando vida a toda la sociedad, a todos los seres humanos que hemos pasado por el
cuidado y el cariño de esas abnegadas obreras: nuestras madres, nuestras hermanas,
nuestras parejas; las sublimes generadoras de nuestras mismas vidas. Es un
reconocimiento al valor del valor no reconocido de ellas.
Santa Cruz, 14 de octubre de 2.009

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