Desde hace un tiempo a esta parte, en Bolivia, se presenta un fenómeno folclórico, por llamarlo de alguna manera, hay que castigar a los buenos para que sigan siendo buenos y a los malos hay que permitirles todo para no meternos en líos...
Este molestoso tema llamó mi atención desde hace varios años atrás, observé que si una persona que tiene buenos antecedentes (laborales o de otro tipo, es decir, es una buena persona) se equivoca las sanciones son implacables, no se debe perdonar hasta que escarmiente por la FALTA cometida, adicionalmente se le castiga dos o tres veces, mejor si el castigo es permanente y repercute en ella las veces que sea posible y todos abominamos a este infractor, al final la idea es la de dar un castigo ejemplarizador para que ninguno de los buenos cometa este tipo de errores jamás.
Por el contrario alguno de los personajes que nos tiene acostumbrado, desde chiquito, a cometer faltas incluso delitos, es motivo de risa el que cometa alguno de sus deslices, además, es viveza criolla que todos celebran y nadie hace nada para enmendar, es más pareciera que lo fomentamos.
Si bien es cierto que la “viveza criolla” nos enseña a engañar a nuestros jefes, ésta actitud es producto de la mentalidad colonial, se debe entender que en la colonia era bueno “mamar” al patrón y era correcto que todos festejemos los hechos que vayan en contra de los opresores; pero, ahora NO.
Los delincuentes deben estar donde les corresponde: la cárcel. La gente buena debe ser tratada con respeto y consideración, debe llegar a ocupar las funciones de más alta responsabilidad y acordes con su capacidad.
Existen delincuentes de todos tipos, los hay célebres como Dante Escobar que se robó millones de dólares de la jubilaciones de los bolivianos, que ahora ya es “señor” debido a que estuvo una temporada en la cárcel y ahora ya puede disfrutar del producto de su “trabajo”; hay otros menos célebres pero igual de peligrosos que se enriquecen a través del soborno y la extorsión como el capitán de la naval David Mena Soruco quien aprovechandose del cargo que el Estado le dio se entretuvo enriqueciendose ilícitamente cobrando un “impuesto” a los que compraban gasolina y diesel en Riberalta y que luego de ser denunciado en la calle delante del Ministro de la Presidencia, del Prefecto de Pando y de su superior del Comando Conjunto fue a La Paz y regresó con un jalón de orejas dispuesto a eliminar a todos los que considera que le hicieron daño, particularmente a los que no se lo hicieron.
Así la impunidad va campeando en el país, en otros lugares como Puerto Suárez, el dueño del surtidor de la frontera en complicidad con algunos malos militares fue descubierto realizando el contrabando de combustibles al Brasil, como es lógico de esperar, este señor es de los chicos malos y mereció una palmadita en la espalda por su esperada acción y a sus compinches, posiblemente con influencias políticas de las esferas más altas (uno de ellos era edecán del Vicepresidente), fueron llevados lejos del escandalo para protegerlos, es decir, les mudaron de residencia y listo, así se hizo y ahora están en el Beni felices y disfrutando de su “trabajito”: impunes.
Como podemos apreciar el delito no discrimina a creyentes o no, civiles, militares; en nuestro país todos están trabajando para que estas “actividades” se mantengan, nadie hace nada para eliminar esta “pandemia”, hasta en el colegio al chanchullero (el que hace fraude) se lo toma como un chico “vivo” y al que estudia y obtiene logros por sus medios se lo ve como un loco o poco inteligente, cuando la realidad nos demuestra que es al revés, pero la apreciación popular es así, nos gustan los mediocres y los fomentamos desde la más temprana edad, a los buenos no hay que dejarlos surgir, eso se puede leer de nuestra sociedad
Así nuestro país va lentamente hacia un futuro incierto, hay quienes piensan diferente (aunque son acusados de “pensar a lo gringo”) y dicen que se debe castigar a los que comentan delitos sean quienes sean, pero en un país con mente colonial como el nuestro, eso y la cara de Dios.....
Espero que la impunidad no sea permanente y que las actividades del Ministerio de Lucha Contra la Corrupción sirvan para descolonizar la mente de todos los bolivianos que dejemos de ser cómplices silenciosos de los delincuentes, que sólo piden justicia cuando les afecta pero cuando otro es el afectado es motivo de risitas y hasta de alegría, porque la miseria ajena nos gusta aunque no estemos lejos ni mejor que el que la sufre.

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