A propósito de las cooperativas mineras
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Opinión
Las
cooperativas mineras deben retomar la razón y el fin social de su
existencia y dejar de lado posiciones patronales y de lucro para honrar
su denominativo de cooperación.
Por Marcos Farfán Farjat
En el tránsito del capitalismo hacia el socialismo comunitario todo paso
de la propiedad y producción privada individual hacia formas colectivas
superiores constituye un avance. De esa manera, entre el pequeño
propietario, productor individual y la cooperativa existe un escalón que
los diferencia cualitativamente, dado que esta última constituye una
forma intermedia de propiedad y de producción entre lo individual y lo
social comunitario, frente a aquella que deja al individuo luchar por sí
solo, sea para ahogarse o para salir a flote a costa del naufragio de
los que le rodean.
En la cooperativa, varias personas se unen y se organizan para emprender
una determinada actividad productiva, distribuyendo entre ellos el
trabajo y las utilidades de manera equitativa. En cambio en la
propiedad individual, el pequeño productor se ve envuelto en una riña de
lobos en la que prima la ley del más fuerte, donde se salva el más
poderoso, quedando casi siempre, para el más débil, el empobrecimiento o
el desempleo como destino final. En cambio, el más poderoso pasa a
convertirse de pequeño productor a empresario, absorbiendo a veces al
antiguo pequeño productor quebrado como un trabajador o empleado más de
su nueva y próspera empresa.
La cooperativa, trátese del trabajo en la tierra, en las minas o en la
industria de manufacturas, juega así un importante papel en el progreso
de las personas y en el proceso de colectivización de la propiedad y de
la producción, puesto que de esa manera, a diferencia del pequeño
productor individual, el cooperativista tiene mayor acceso al crédito y
fomento estatal, puede adquirir mejores herramientas de trabajo y medios
de producción, garantizando una actividad intensiva y más competitiva,
puesto que de manera colectiva también se tienen posibilidades de mayor
acceso a la tecnología.
De igual forma, la cooperativización permite a la familia del
cooperativista acceder a mejores servicios de seguridad social, a mejor
educación para sus hijos y salud para la familia, y, si viven
concentrados en un mismo lugar, sea campamento o ciudadela, también
tendrán a su alcance otros beneficios, incluidos el esparcimiento y
deporte, debido a que, así en el mediano plazo, además de construir
escuelas y centros de salud, pueden construir con el apoyo estatal y el
esfuerzo propio áreas de esparcimiento como parques, canchas, sedes
sociales, etc.
Sin embargo, cuando la cooperativización sufre distorsiones y ha
abandonado el principio fundamental de mejorar de manera colectiva,
equitativa y solidaria la calidad de vida de todos sus miembros, es
decir que ha perdido el fin social y, por el contrario, tiene como
objetivo único y supremo el mero afán de lucro, ha perdido completamente
el sentido y los fines para los que se organizó, y por los que el
Estado autorizó su existencia. Y si el cooperativista ha dejado de
participar personalmente en el proceso de producción y contrata obreros
asalariados para que, en calidad de “representantes”, sean éstos en
realidad quienes producen, pues el cooperativista ha pasado a
convertirse en patrono, desvirtuando la naturaleza misma de la
cooperación.
Este fenómeno se está manifestando de manera sistemática,
particularmente en la producción minera, lo cual tiene efectos no
solamente en la finalidad social de la producción, sino también en la
ideología debido a que esa persona, que antaño regía su trabajo y su
vida por principios colectivos, comienza a asumir conductas
individualistas frente a sus compañeros, desmereciendo todo sentido de
cooperativismo. Es más, en algunos casos, en su relacionamiento con el
entorno, particularmente cuando se trata de poblaciones campesinas o
gente pobre de los poblados, ese cooperativista, al verse repentinamente
desbordado por las grandes utilidades provenientes del auge de los
precios de los minerales, asume actitudes patronales propias del nuevo
rico, convirtiéndose en persona ostentosa y prepotente que, en sus
modernos vehículos, no duda en mostrar desprecio frente a los demás
mortales.
De esa forma, en algunos casos, la cooperativa ha adquirido el carácter
de empresa obrero-patronal, puesto que, además, entre los miembros de
ésta ya no se consideran compañeros, sino se denominan socios, y cada
uno tiene el derecho de contratar cuanto personal asalariado considere
necesario, de acuerdo con la cantidad de acciones que tenga,
convirtiéndose así en parte de la clase patronal.
La cooperativa, cuando es íntegra en su filosofía y consecuente en su
práctica, constituye un avance frente a la producción y propiedad
individual sobre los medios de producción, pero, cuando en un país como
Bolivia se está construyendo —o de antemano existe— una propiedad
estatal y social sobre los sectores estratégicos de la economía, que ha
sido resultado de la lucha del pueblo boliviano y se abre un resquicio
para que esta economía estatal o parte de ésta vuelva a tener un
carácter cooperativizado, no cabe duda de que se está frente a un grave y
peligroso retroceso histórico, se está abriendo paso a un proceso de
regresión en el duro y largo camino de tornar cada vez más social y más
comunitaria la producción y la propiedad sobre los medios estratégicos
de producción. La producción estatal-social ocupa, desde todo punto de
vista, un escalón superior a la cooperativa.
Al tender a desvirtuarse la esencia de la cooperativa, en particular en
el área minera, han emergido además efectos político-ideológicos que han
llevado a los cooperativistas mineros a un distanciamiento evidente del
resto de la sociedad. Ahora que se ha presentado el conflicto de
Colquiri, por ejemplo, atentan contra los campesinos que, por los
bloqueos, no pueden hacer llegar sus productos a los mercados, también
contra los comerciantes que no pueden transportar sus mercancías, todo
con el solo propósito de defender un interés particular y lucrativo
frente al interés de carácter social.
Pero, lo más grave es que, en ese afán de ganancia ilimitada, los
cooperativistas mineros tienden a enfrentarse con el proletariado de la
minería estatizada; al sector que durante más de cien años mantuvo con
su sacrificio la economía del país; al sector que ha sido la vanguardia
del pueblo boliviano en la lucha contra el imperialismo y contra el
capitalismo durante décadas. Al sector cuyo aliado natural es el
campesinado, ya que su cantera principal proviene del campo. Al sector
que renunció a un día de salario para ayudar a la guerrilla del Che. Al
sector gracias al cual se han construido carreteras y han emergido
ciudades como Santa Cruz, gracias a las divisas generadas por su trabajo
y, al sector que, en el afán de defender la patria, ha sido
sistemáticamente masacrado y perseguido por las dictaduras militares al
servicio de la oligarquía y el imperialismo.


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